miércoles, 24 de noviembre de 2010

trabajando con foxit

http://isfd802.chu.infd.edu.ar/aula/location.cgi?wseccion=06&wid_post=341&esMicrositio=no
A continuacion parte del capitulo con el que trabaje para luego hacer los mapas conceptuales utilizando el cmap.
  Los sistemas educativos en el marco de un  mundo digital
Muchos investigadores han señalado con insistencia que nuestras sociedades están su-
friendo una mutación estructural que ha modificado las bases sobre las que se construyó
la modernidad y, en particular, los principios bajo los cuales se organizan el conocimiento,
el mundo del trabajo, las relaciones interpersonales, la organización de los mercados,
así como las bases sobre las que se construye la gramática de la política y los ejes ar-
ticuladores de la identidad (individual y colectiva) y los principios de construcción de la
ciudadanía.1 Al mismo tiempo, se ha insistido en la idea de que todos estos procesos
están vinculados, de una u otra forma, al giro tecnológico que caracteriza a esta época.
Sin embargo, el problema está muy lejos de ser un tema técnico y se ubica en rigor en el
centro de la escena cultural contemporánea.
Es cierto que con el ingreso a lo que se ha dado en llamar sociedad del conocimiento,2
nuestros países están cambiando de manera significativa sus perfiles productivos y, al mismo tiempo, las actividades culturales (que incluyen servicios, diseño, productos industriales,
desarrollo de software,      producción y exportación de bienes simbólicos y de know how,
etc.) se han colocado en el centro de los debates sobre el desarrollo tanto en América La-
tina como en todo el mundo. Todos los analistas reconocen que desde hace 15 o 20 años
1 Los trabajos que sostienen esto son muy numerosos, pero tal vez la obra de Manuel Castells La era de la infor- mación (Madrid, Alianza, 1997), complementada con  Comunicación y poder (Madrid, Alianza, 2009),    fueron las que mejor mostraron la compleja articulación de estos temas. Aunque sin duda deberíamos sumar las investigaciones de Scott Lash, Sygmunt Bauman, Sherry Turkle, Dominic Wolton, Pierre Levy, Javier Echeverría, Henry Jenkins, entre muchos otros.
venimos discutiendo un punto crucial referido a la dinámica industrial de nuestros países
que involucra a la cultura y a la comunicación: la convergencia de empresas de servicios
de telecomunicaciones provocó en los inicios de los noventa la formación de los grupos
multimediáticos que no solo cambió el panorama empresarial de medios y tecnologías de
la información, sino que además impactó de manera crucial en la educación y la cultura
contemporáneas. Este fue un fenómeno mundial (y también muy latinoamericano) que
vivimos de manera polémica cuando comenzaron a fusionarse las industrias de la televi-
sión, la prensa gráfica, el cable y la TV satelital, las distribuidoras de servicios de Internet,
la radio, las productoras y distribuidoras de música, etcétera.
Pues   bien,   estos   cambios   en   el   perfil   industrial   y   tecnológico   de   nuestros   países   que
impactaron directamente en el mundo de la cultura también cambiaron el perfil de los
consumos y del uso del tiempo libre de los ciudadanos. Si bien no hay un consenso ge-
neralizado sobre las características que están asumiendo nuestras sociedades, es posible
enumerar una gran cantidad de cambios en todos los niveles de la vida social. Zygmunt
Bauman utiliza una imagen que los resume bien: se trata de la  “licuefacción acelerada de
marcos e instituciones sociales” que funcionaron como articuladores de la modernidad
(Bauman, 2005).
Aun cuando nadie puede saber hacia dónde nos lleva exactamente esta mutación sim-
bólica, es posible, de manera muy general, señalar que el modo en que se organizaron la
política, la cultura, la base tecnológica de la economía, el orden jurídico y las instituciones
que caracterizan a la modernidad está en crisis. Manuel Castells denominó muy tempra-
namente este fenómeno “proceso de desterritorialización” y le atribuyó, con razón, una
importancia estratégica. El cambio de época incluye de manera fundamental la crisis de
los territorios modernos, territorios que no se reducen a la geografía de un Estado nación,
es decir a las fronteras materiales que fijaron los países, sino a sus instituciones, valores,
creencias,   ideologías   y   a   los   espacios   públicos   y   privados   que   delimitaron   el   territorio
político, social y de la intimidad familiar o personal.
En los trabajos de Richard Sennett  sobre la introducción de las nuevas tecnologías en el
mundo del trabajo, podemos ver con claridad las transformaciones que ha sufrido la in-
dustria capitalista en las últimas décadas y su particular impacto en el mundo del trabajo y
en la vida cotidiana de las personas. La reflexión de Sennett incorpora al tema del cambio
tecnológico, el problema territorial y simbólico que lo acompaña y nos muestra la crisis
de un mundo donde la estructura de producción capitalista había definido territorios,
tiempos, culturas y subjetividades que posibilitaban instituciones, relaciones sociales y
subjetividades que caracterizaron al capitalismo industrial y donde la escuela acompañó
a este proyecto y formó parte de él. Por eso Sennett también incorpora, entre los cambios
que caracterizan a este momento histórico, no solo a las nuevas estructuras simbólicas
que surgen de las experiencias del nuevo mundo del trabajo (basado en el trabajo en red,
la flexibilidad de las instituciones, el fin de los territorios modernos, etc.) sino también las
transformaciones en los procesos de aprendizaje y el lugar que ocupa el conocimiento
en estas sociedades. En el centro de estos cambios se ubica el fenómeno de la convergencia digital que caracteriza   esta   época,   y   cuya   dinámica   aún   está   en   plena   expansión.   El   proceso   tiene
diferentes aristas: una de ellas es la de las fusiones industriales donde las empresas de
medios –además de vivir un proceso de fuerte concentración– ingresaron al campo de las
TICs (desde la venta de servicios de Internet hasta el desarrollo de videojuegos), al tiempo
que las poderosas empresas de telecomunicaciones no solo desarrollaron el negocio de la
telefonía celular, sino que incursionaron también en la compra de medios y la producción
de bienes y servicios en el campo audiovisual. Es decir, asistimos a la concentración de
una serie de negocios que nacieron y se desarrollaron de manera autónoma (el cine, el
teléfono y los diarios en el siglo xix; la radio, la televisión, el video e Internet, en el siglo
pasado), y que ahora pasan a formar parte no solo de una misma matriz tecnológica sino
que, además, conforman una constelación de ofertas de consumos que están en manos
de pocas empresas cuyo propósito es colonizar el “tiempo libre” de los ciudadanos.
Por otra parte, la expansión de las TICs y su desembarco en la intimidad de los hogares
privados han obligado a repensar el concepto mismo de “espacio público” y la forma en
que se han pensado los lugares donde se han concentrado buena parte de los consumos culturales del presente siglo. La sostenida expansión de los medios y su instalación en espacios antes reservados para la vida familiar han llevado a muchos autores (como Javier Echeverría) a replantear la relación entre lo local y lo global, entre lo público y lo privado y entre lo individual y lo colectivo.
Estos complejos fenómenos de incorporación de una nueva aparatología y las conse-
cuencias que ha tenido en algunas transformaciones en el hogar, nos hacen pensar que
el territorio privado funciona hoy como un nodo de una red. Por supuesto, estos fenó-
menos son muy diferentes según el grado de acceso y conectividad con que cuenten las
personas (como también es muy diferente si consideramos el mundo rural y el urbano o la
gran ciudad y la pequeña): varían los equipamientos hogareños, como varían también los
usos del espacio íntimo de cada uno de los miembros de la familia. Pero sea como fuere,
en mayor o menor medida, lo que podemos constatar es que en los últimos quince o
veinte años han ingresado al hogar más tecnologías de la información y la comunicación
que en cualquier otra época y que este desembarco continúa: luego de la radio y la tele-
visión, aparecieron las video-caseteras, los DVD, las filmadoras, los sofisticados equipos de audio (todos ellos equipados con controles remotos), las plataformas de video-juegos
(playstation, Wii, etc.), mp3, ipods, mp4, computadoras de escritorio, impresoras, scan-
ners, notebooks y netbooks, teléfonos personales, etcétera.
Estos equipamientos complejizaron el parque tecnológico hogareño, pero a la vez crea-
ron nuevas deferencias de usos y apropiaciones entre los miembros del hogar, así como
también generaron nuevas prácticas culturales. Hay una práctica, sin embargo, que sigue
siendo la más significativa en materia de consumos: la masiva y persistente exposición a la
televisión. En la Argentina (como en la mayoría de los países de la región) la penetración
de la TV es muy grande y abarca a casi el 96% de los hogares. Pero el fenómeno más
extraordinario de los últimos años ha sido la multiplicación de las pantallas,5 de manera
tal que se ha desarrollado una tendencia convergente y similar a la de la telefonía celular:
un equipo o una pantalla para cada miembro del hogar.
También ha crecido (como tendencia regional) el acceso de la población a Internet: en
América Latina se ha registrado un incremento muy significativo en la última década y
el promedio de acceso (con variaciones importantes entre los países) es de 28,8% de la
población; Chile es el país con mejor tasa de acceso (alcanza el 50,4% de la población),
mientras que en la Argentina la cifra ha llegado al  48,9% de sus habitantes.6 El país con
menor penetración es Bolivia (con solo el 10,7% de su población con acceso a Internet),
mientras que algunos países han incrementado de manera exponencial el acceso en la
última década, ya que partían de cifras muy bajas a comienzos de 2000: la República
Dominicana, Paraguay y Guatemala, entre otros.
La presencia de Internet en los hogares, en los lugares de estudio o de trabajo, así como
en los locutorios y cibercafés, entre otros espacios públicos, ha revolucionado las prácticas
culturales, sobre todo –pero no solamente– entre los más jóvenes. El complejo entorno
tecnológico que caracteriza hoy a nuestras sociedades –y donde se socializan las genera-
ciones más jóvenes– ha creado hábitos y prácticas culturales absolutamente novedosas y
que no se podían imaginar hace quince o veinte años. Uno de los usos tempranos de las
computadoras (y más tarde de la web) ha sido la práctica de los videojuegos, que no solo
ocupa a los más jóvenes sino que atraviesa distintos grupos etarios. Las industrias cultu-
rales se interesaron mucho en este rubro que ha tenido un desarrollo comercial enorme
a través de la elaboración de juegos (tanto online como offline) que han capturado la
atención de millones de internautas (el 22% de quienes se conectan en la red lo hacen
para jugar) y que han merecido análisis bien específicos sobre sus lenguajes, sistemas de
reglas, estéticas, relatos, etcétera.Un fenómeno que acompañó este mismo proceso de expansión y complejidad en los usos de la web lo representa el desarrollo de los blogs (los sitios personales, grupales o institucionales que se actualizan a través de las colaboraciones de uno o varios autores,
en los que aparece primero la contribución más reciente, donde cada autor conserva
siempre la libertad de dejar o no lo que ha publicado), que han engrosado de manera
muy significativa a la red. Los bloggers (como se denomina a los creadores, usuarios o
partícipes en los blogs) crecieron de manera exponencial en los últimos diez años y las
cifras que intentan dar cuenta de este universo se vuelven viejas día a día (como casi
todas las mediciones que corresponden a Internet) pero son siempre muy significativas y
se encuentran en plena expansión.
A este fenómeno de los blogs debemos sumar el desarrollo de las redes sociales, que ha co-
lonizado en buena medida las prácticas culturales (y las formas de relación social y vínculos
interpersonales) de los usuarios de la red. Al igual que los blogs, estas redes son muy recien-
tes pero se han vuelto muy robustas luego de una década de existencia. Aparecieron allá
por 2001 y 2002 y recién en 2003 se volvieron populares cuando aparecieron sitios como
MySpace y Friendster, entre otros. Pero no debemos perder de vista que estas experiencias
no encuentran su forma definitiva hasta tanto no se resuelva el modelo de negocios que
representan. La aparición y el desarrollo de los sitios son casi siempre los mismos: luego de
probar una plataforma que dé garantías de funcionamiento, un grupo de personas inician
la actividad e invitan a amigos y conocidos a formar parte de la red social. En general, si la
propuesta es atractiva, la red se expande muy rápidamente y su crecimiento es geométrico.
Pero para soportarlo, para garantizar su éxito, debe transformarse en un negocio. Un buen
ejemplo, tal vez el mejor, es el de Facebook,9 una red social similar a MySpace que creció de
manera exponencial gracias al respaldo y la inversión de Microsoft.
Durante el año 2009 se duplicó el número de usuarios de las redes sociales y se estimaba
que cerca del 81% de los internautas pertenecían al menos a una red social. Sin embar-
go, la tendencia de quienes son residentes en Internet es a usar varias redes: un estudio
reciente calculaba que en el año 2009 el número medio de redes sociales a las que per-
tenece un usuario es de 2,3 frente al 1,7 del año anterior. Por supuesto, este fenómeno
se concentra en los más jóvenes, aunque no solamente en ellos, y es un territorio de gran
movilidad: muchas redes sociales que fueron exitosas hace un par de años (como Fotolog,
hi5 o MySpace) hoy presentan tasas de abandono muy significativas. Así, los jóvenes crean
y recrean sitios de encuentros en la web pero también modifican de manera constante “la
esquina” donde se dan cita, como lo hacen los adolescentes en el mundo real.
Estos fenómenos de nueva sociabilidad en la red se nos ofrecen de manera paralela al
otro gran tema que tiene que ver con el acceso: la adquisición (y renovación) de los distin-
tos equipos de navegación: las computadoras hogareñas o de los lugares de trabajo, las
notebooks y netbooks, y sobre todo los teléfonos celulares. La expansión de esta última
tecnología ha sido muy significativa en la mayoría de los países de la región: debemos
considerar un dato significativo cuando el número de terminales telefónicas en funcio-
namiento en un país es superior a su población. El caso de Argentina es emblemático, ya
que cuenta con 44 millones de celulares sobre una población que ronda los 40 millones
de personas. De todos modos, esto no quiere decir –en ningún caso– que cada habitante tenga un
teléfono, ya que aquellos usuarios intensivos de esta tecnología registran hoy 2 o 3 ce-
lulares para uso personal. Pero no cabe duda de que el teléfono celular es el medio de
comunicación que más se ha personalizado y que ha llegado muy pronto a capturar a
todos los grupos etarios o estratos sociales casi independientemente del lugar de resi-
dencia (que hoy es casi la única variable importante, ya que de la localización geográfica
depende la posibilidad de acceso o no a este servicio).
El   caso   del   celular   permite   ir   aproximándose   más   de   cerca   a   la   intersección   que   nos
preocupa en este documento: la de estos nuevos medios digitales y la escuela. Para la
escuela, el celular –como muchas otras tecnologías–, que los jóvenes usan intensamente,
ha pasado a ser un tema de primer orden, ya que se considera que interrumpe el normal
trabajo en el aula. En efecto, los docentes y maestros están preocupados por el uso que
hacen los alumnos en el aula: se envían mensajes de texto, chatean, hacen bromas con
sus ringtones y, por supuesto, también usan sus teléfonos para copiarse en los exámenes.
No es menos cierto que los alumnos se quejan del uso que hacen los docentes en el aula de sus celulares, por lo que la prohibición es, en general, doble: para alumnos y para docentes. Desde el punto de vista institucional, una de las reacciones ha sido la prohibición de los teléfonos móviles en el espacio escolar: varias provincias argentinas han legislado al respecto, y en Paraguay el Ministerio de Educación ha prohibido su uso en el ámbito de la escuela.
Estas nuevas tecnologías no solo han generado diferentes y novedosas prácticas cultu-
rales sino que también registran distintos modos de apropiación de estas. Nos referimos
tanto al lugar que ocupan las tecnologías en la vida cotidiana de las personas como a la
diversidad de usos y sentidos que ellas les otorgan. Pero la aparición de estos fenómenos
novedosos convive (y lo hace de un modo muy particular) con las “viejas” tecnologías
que ya se encontraban instaladas en los hogares y en el espacio público desde hace varias
décadas: el teléfono fijo, la radio,  la televisión, entre otras. Sin embargo, puede señalarse
que la presencia de estas nuevas tecnologías ha impactado y modificado (a veces por ab-
sorción, otras por combinación) aquellas que fueron creadas en los dos siglos anteriores y
que no han perdido su vigencia pero sí se han visto modificadas. Como bien lo señala Lisa
Gitelman, “ningún medio […] parece hacer su trabajo cultural aislado de otros medios,
así como tampoco trabaja aislado de fuerzas sociales y económicas. Lo que es nuevo
sobre los nuevos medios tiene que ver con la forma particular en que remoldean a los
viejos medios, y los modos en que los viejos medios se reestructuran para responder a los
desafíos de los nuevos medios”.
Precisamente para evitar la idea de que lo nuevo reemplaza a lo viejo, como en la visión
banal que teme la desaparición total del libro frente a la computadora o al celular, cabría
hablar   más   bien   de   una   ecología   de   medios   en   la   cual   conviven   aparatos   y   prácticas
diferentes, a menudo combinados entre la escuela, el hogar, el espacio de ocio y las
sociabilidades con pares, etc. Pero si bien ningún medio desaparece cuando irrumpen
los nuevos, no es menos cierto que ningún medio “viejo” permanece igual cuando se
mezcla, fusiona o combina con los nuevos. La telefonía celular no abolió la existencia de
la radio, la televisión o la fotografía, pero las modificó, las tiñó de novedades y cambió
el vínculo que los usuarios tenían con ellas: por ejemplo, privilegió la radio FM por sobre
la   AM,   creó   productos   televisivos   exclusivos   para   celulares   y   modificó   los   criterios   de  En varias provincias argentinas se ha legislado en este sentido, aunque con distinto temperamento en cada caso. Por ejemplo, el Ministerio de Educación de la provincia de Córdoba dictó la resolución 225/2005, que regula el uso de los teléfonos celulares en las aulas. La resolución dispone que se permita su uso en “los recreos, horas libres, momentos de ingreso o egreso de la institución y en aquellos tiempos y espacios en que actividad lo permita”. ...................

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